ESCOLANÍA: Manuel Pacheco, 1.º BTO |
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Ese día no fuimos al Colegio. Al contrario, nos quedamos todos en las puertas, esperando a que se nos diera la señal. ¿Qué ocurre? ¡Nos vamos a Roma, nos vamos a Roma! Se oye por los pasillos cuando la noticia es transmitida por el Director. Y así continuamos hasta el momento en que nuestro avión salía de Barajas, cargados de ilusión porque, además de ser el primer viaje en avión para unos, o la primera vez a Roma para otros, no todos los días se va al Papa en persona. Alrededor de las 4 aterrizamos en el aeropuerto Leonardo da Vinci, donde somos recibidos por una guía, Silvia, que nos acompaña toda nuetra estancia allí. Tras recoger las maletas, salimos en autobús hacia el que iba a ser nuestro albergue, la Villa Serena Santa María, un edificio de residencia y guardería regentado por monjas, a una media hora del Vaticano. Después de descansar un rato, bajamos a cenar... pasta, cómo no, aunque estaba buenísima, eso sí. Concluimos este primer día viendo una película en la guardería, rodeados de peluches y trenes. Después, agotados por el viaje, nos fuimos a dormir. El segundo día fue el día oficial de las visitas. A las 9 (que se corresponde con las 11 españolas) ya estábamos en el autobús de nuevo, dispuestos a deleitarnos entre iglesias, vías y monumentos. La primera parada fue el Coliseo que, aunque no pudimos entrar por la cola que había, sí que nos hicimos fotos con los romanos que allí había; tras las compras pertinentes, continuamos andando hasta la iglesia de San Pedro Encadenado, donde está el Moisés de Miguel Ángel. Impresionante. A las 11,30 llegamos a Sta. María la Mayor, una de las cuatro iglesias principales y, después, hora de comer. Una hora más tarde ya estábamos en pie para ver la imponente Basílica de San Pedro en la que, además de ver lo que ya habíamos visto hacía dos años, casi conseguimos visitar la cúpula, de no ser porque estaba cerrada. Aunque, por otra parte, fue casi una ventaja, puesto que nos dio tiempo para ver el panteón de papas y visitar la tumba de Juan Pablo II, abarrotada de gente. ¡Hasta conseguimos que un guardia suizo nos dirigiera la palabra! Continuamos nuestro recorrido turístico por la Plaza Navona, el Panteón de Agripa y la Fontana de Trevi (donde más de uno echó moneda para volver de nuevo). Para regresar al albergue nos las vimos fatal puesto que tuvimos que ir cogiendo autobuses y con el mal, penoso, tráfico de Roma, llegamos justos para cenar y acostarnos. Podríamos decir que el tercer día fue el más denso puesto que, además de tener que cantar tres veces, nos llevamos alguna que otra decepción. A las ocho estábamos ya en el autobús con dirección al Vaticano, en cuyos jardines iba a ser la bendición de la estatua de Sta. Genoveva, por cuya intercesión íbamos a tener oportunidad de ver al Papa. A las 10, éste se presenta y en cinco minutos se ha marchado. Y llegamos al punto del “todo hay que decirlo”. Así es, la mayoría de la gente se llevó una desilusión tremenda al comprobar que ni siquiera se acercó a saludarnos pero, en fin, bastante fue. A las 3, después de una buena siesta, estábamos en el autobús, de nuevo al Vaticano, para cantar en nada más y nada menos que en San Pedro, la misa en honor de esta santa. Duró aproximadamente una hora y media pero, bueno, salió bastante bien. Si a esto añadimos que concluimos cantando un himno a esta santa, fue un éxito, aunque nadie se acercó a decirnos nada. Hartos, sí, de misa, salimos para la iglesia de San Ignacio, donde iba a ser nuestra tercera y última audición, un concierto. A las 9, o 9,15, porque nos introdujeron explayadamente, comenzó el concierto. Desde nuestro punto de vista salió bastante bien y crei que, desde el punto de vista del público, también, puesto que todos los espectadores que habían ido a la bendición de la santa, monjas incluidas, se emocionaron cuando les regalamos el himnos a Sta. Genoveva. A la salida nos felicitaron arduamente, pero nosotros no pensábamos nada más que en lo cansados que íbamos, así que, nada más llegar al albergue, nos metimos en la cama. A la mañana siguiente nos fuimos después de haber recogido y despedirnos de las monjas que nos habían albergado. Tras haber recogido opiniones de lo más variadas, en todas predominaba aquella cosa de “bueno, si me vuelven a llevar, no me importaría”, que deja traslucir una buena estancia y un grato recuerdo. Y así es como, de nuevo, hemos ido y vuelto a Roma para dejar en nosotros la memoria de aquella impresionante ciudad y haberla añadido un poco más de arte. |